domingo, 31 de enero de 2016

Gracias



Solo una entrada rápida para agradeceros los mensajes, los Whatsapps, los mails y los comentarios. Perdonadme si no os he contestado, pero es que de momento no me apetece hablar del tema. Si os digo que estoy bien, y que le estoy dando vueltas a la solución, por la cuenta que me trae. 

Os echo de menos una barbaridad, pero tengo que volver a encontrar mi hueco en esta blogosfera que a día de hoy me cuesta reconocer. 

Gracias de verdad a los pocos que quedáis por aquí. 

jueves, 31 de diciembre de 2015

Mi muchedad


Llevo semanas planteándome si venir a hacer un balance de fin de año o no. Por un lado, porque dudo mucho que quede alguien que lo quiera leer, y por otro porque me gustaría acabar este año de otra forma. 

Lo reconozco, me cuesta mucho pasar por aquí. Es cierto que por un lado es falta de tiempo, pero por otra, es falta de humor. Este rincón, que ha servido para desahogarme y reirme a partes iguales, nunca pretendió ser un sitio serio. No quiero venir aquí a quejarme, ni a contaros un día a día que apenas tiene ciertos tonos de gris. No quiero entradas insulsas, ni quiero escribir por escribir. 

Llevo meses intentando indagar qué me pasa, intentando descubrir el problema, Será que Murphy me ha abandonado y le echo de menos? Será que no estoy hecha para la vida en Mordor? Será que el día que me hizo volver a España me ha cambiado para siempre? Será que no sirvo para ser madre a tiempo completo? No lo se, lo único que se es que las veces que me río con ganas ya no son habituales, son una excepción. 

Lo de madre a tiempo completo suena a broma. Tengo un negocio, sigo dando clases, tengo una casa que mantener y un niño al que cuidar. De hecho, me paso el día, literalmente, trabajando. Y me gusta lo que hago, me gusta asesorar, me gusta estar en casa y cuidar de mi hijo. Pero me falta la adrenalina. Me falta ser adulta. Me falta la música. Me falta vivir. Me falta tanto, que ayer volví a escuchar música en un equipo en condiciones, descubrí acordes de teclado en los que no había reparado hasta ese momento, y me puse a llorar. Creo que solo alguien muy friki puede entender algo así. 

Si mi hijo no me hace feliz? Por supuesto que si. El bicho es cariñoso y divertido como el solo, hace un mes ha empezado a comunicarse con más claridad (sigue sin hablar) y es para troncharse de la risa. No puedo quejarme ni un solo segundo de lo que me ha tocado en el mundo de la maternidad. Tengo un hijo guapísimo, listo, cariñoso, que come bien, que duerme bien y que no se pone malo casi nunca. Un chollo, vamos.

Respecto a Tarek, tampoco tengo derecho a queja. Ya tiene su NIE, ya tiene trabajo relativamente estable, un buen trabajo que le gusta y donde le valoran. Pasa 11 horas fuera de casa, 11 horas que yo paso sola con el niño, pero el vuelve feliz de la vida. Y yo me alegro por él, porque si es feliz, todo fluye mucho mejor. Al fin está a gusto en España, y parece que la época de horror que nos perseguía cuando llegamos ya ha terminado. 

Por tanto, visto lo visto, no tengo derecho a quejarme. Todo lo que quería lo hemos conseguido. Hace un año hubiera matado por tener lo que tengo ahora. Vivo mucho más tranquila y al fin duermo por las noches (no era culpa de mi hijo, era culpa del estrés), pero no me río. No me levanto con ganas. Todo me cuesta un mundo. No me apetece ver a nadie porque no me siento orgullosa de mi misma. Si leo post de hace un par de años, no me reconozco. Y me jode, me jode un montón, porque yo no quiero ser así. 

Así que este año solo voy a pedir una cosa. Que el 2016 me traiga de vuelta mi "muchedad". Que mi camino vuelva a ser mío, y que solo yo decida por donde continúa. Y que Murphy me visite, aunque sea para tomar un café. 

Deseadme suerte. Feliz año. 

viernes, 13 de noviembre de 2015

Gané



Cuando vinimos a España, si alguien me llega a decir que iba a tardar 25 meses en legalizar a mi marido, hubiera pensado que me estaban gastando una broma. 

La historia ya la sabéis, y es cierto que finalmente conseguimos un NIE temporal por un año, por padre de un niño español. Pero no es el que le correspondía, renovar cada año no era una opción (es un pastizal entre tasas y abogados), e incluso Tarek perdió una oferta laboral porque "tu NIE dura poco". 

En mayo, cuando yo ya fui oficialmente autónoma y la tienda estaba a punto de abrir, decidimos empezar el proceso para pedir el NIE por familiar de ciudadano comunitario, que es el que realmente le corresponde, y que dura 5 años. Conseguimos cita para el 11 de junio, el mismo día que inauguramos la tienda, y pese a que en Madrid caía el diluvio universal y que nos echaron de la comisaría porque "el niño llora y molesta" (una hora de coche, una hora de espera... como para no llorar), ese tenía que ser un gran día. Todos los papeles entregados, en 20 días más o menos tenéis la resolución. 

Lo que llegó a casa no fue la resolución, fue una petición de extranjería de ampliar la documentación. Perfecto, mi abogado me saca otro certificado de matrimonio del registro civil, el asesor me hace la declaración trimestral de IVA más rápida de la historia, y se supone que con eso tenemos todo solucionado. El 3 de agosto, a 2 días de que a Tarek le caducara el NIE que ya tenía, tenemos notificación. NIE denegado por falta de documentación. 

Lloré, grité, pedí ayuda donde supe, llamé mil veces al abogado, y hasta a extranjería, donde muy amablemente me dijeron que si eso ponía es que algo faltaba, y que para saber qué era exactamente me esperara a la carta que te mandan. Y que si la carta tarda un mes y a mi me urge, que me joda. Todo muy bonito. 

La carta "solo" tardó 10 días. Que la documentación del matrimonio no es válida. Es decir, un papel del registro civil español, sellado por triplicado, no es válido. Mi abogado presenta una alegación, demostrando que el papel es perfectamente válido y está entregado en plazo. Entre tanto, a esperar. Y como Tarek está sin NIE, toca renovar el que tiene. La broma se llama 100 euros en tasas, así que toca cruzar los dedos y esperar a que aprueben la alegación antes de que me toque pagar por un NIE que ni queremos ni necesitamos. 

Un 11 de septiembre, cuando yo ya ni miraba la página web de extranjería para no llevarme un disgusto, llega el cartero. "Cruza los dedos por mi, porque pueden ser muy buenas noticias, o una mala broma muy cara". Creo que pese al ruido del motor de su moto, oyó el grito que pegué mientras corría por el jardín. Que si, que tenemos razón, que la documentación estaba bien y entregada en plazo. Que Tarek ya tiene NIE. Y yo gané la partida. 

Desde entonces, un mes para conseguir cita para hacerlo (cola infernal incluida) y otro mes para recogerlo. Hoy, 13 de noviembre, tengo un bebé de 18 meses y un marido que viene de camino a casa con la flamante tarjeta que acaba de recoger. Cuando llegué a España estaba apenas de 11 semanas. Sin comentarios. 

Lo dicho, he ganado. He ganado 5 años de paz y el corregir una injusticia. Pero me queda la espina de que esta ley injusta siga en vigor. He dicho ya que me muero porque llegue diciembre?

miércoles, 30 de septiembre de 2015

El terro y la tribu


En pleno subidón post parto pasé meses hablando en este blog  de lo encantada que estaba con PF, lo fácil que me lo ponía todo y lo feliz que me hacía. Y un día dejé de hacerlo. 
Por un lado, se que el tema os cansaba. Por otro, vino la mudanza y la apertura de Cool and Carry y no fue precisamente la época más relajada de mi vida. Y por otro, porque mi adorable y precioso bebé al que me podía llevar hasta a Suiza a dar una charla se ha convertido en un miniterrorista en potencia. 

Siendo sinceros, el 50% del tiempo es para descojonarse. Tiene cierta gracia verle escalar sobre el lavavajillas, comerse un billete de 10 euros, o perseguir a los perros como si no hubiera mañana. También es un cuadro ver sus caras de bicho, oír sus carcajadas por cualquier cosa, y flipar con su última ocurrencia. Aburrirnos no nos aburrimos. 

Pero PF es un niño exigente. No es un niño de alta demanda, ni mucho menos, pero es agotador. Se que queda precioso decir que el niño tiene una curiosidad innata y una perserverancia envidiable, pero eso traducido a la realidad necesita una madre con una capacidad física como para correr una maratón en las olimpiadas. 

Si con 8 meses pensaba que el mayor de mis horrores era tener que sacarle del cuenco del agua de los perros unas 10 veces al día, a día de hoy estoy curada de espanto. He visto a mi hijo sacar cuchillos del lavavajillas, tocar la batería con las ollas, colarse entre los barrotes de la escalera de caracol y subir hasta el ático, saltar del sofá por el respaldo cuando todavía no andaba, escalar escaleras de piedra, ponerse de puntillas sobre minisuperficies dignas de un equilibrista o meterse en la ducha vestido (juro que solo me giré a por un pañal). De las veces que ha aporreado mi teclado (bloqueo de contraseña incluído, a media hora de tener que hacer un pedido para más inri), sacado todo el contenido de mi cartera, jugado con los enchufes, etc. mejor no hablamos. 

Cualquier otra madre estará subiendo una ceja y pensando "coño, pues no le dejes, distráele con otra cosa". Los cojones. Si se empeña, se empeña, da igual lo que le saques, lo que le enseñes o a donde te lo lleves, que él volverá. Hasta que se canse. Una y otra vez. O hasta que lo quites de su alcance y llore a berrido limpio y tu te sientas como una mierda porque eres incapaz de manejar las cosas con más mano izquierda. 

Me encanta oírle reír a gritos, pero cuando esos gritos son de exigencia, de queja, de "lo quiero ya"... me desesperan... He pasado horas oyendo esos gritos de forma constante, por todo, sin pausa, subiendo el tono cada vez más al ritmo que mi paciencia baja... y al final he gritado yo. Y me he sentido como el culo. 

Me encanta portear y llevarle en brazos. Excepto cuando esos brazos se convierten de nuevo en exigencia porque no perdona no verte cocinar, con el peligro que eso conlleva. Excepto cuando quiero ir al baño. Excepto cuando llevo ya tantas horas a pulso que me duele todo, y algo dentro de mi se rebela pensando que su exigencia de que le coja no puede estar por encima de mi dolor de espalda. Y me cabreo, y le suelto, y llora, y yo me cabreo más. Y me siento como el culo de nuevo. 

A veces tengo, o necesito, hacer otras cosas. Pero el no quiere distraerse, o no quiere jugar, o no se quiere ir con su padre, o quiere teta. Ahora, ya, de pie, haciendo el pino, o apoyando sus 11 kilazos sobre mi pecho justo cuando estoy con anginas y me cuesta respirar. Y entonces empieza la temida agitación del amamantamiento y acabo quitándole hastiada diciendo que no me toque. El caso es que con 16 meses y medio ya se da cuenta que algo pasa. Y lo sufre. Y yo también, pero el rechazo en ese momento es más fuerte. Se que mi forma de combatirlo es calmarme y distraerme, pero no siempre puedo. 

Y todo esto, cuando tu marido pasa 12 horas al día fuera de casa y tu madre te ayuda en lo que puede pero te siguen faltando horas, se hace muy cuesta arriba. Hasta el punto en el que te agria el carácter, no te reconoces, y te preguntas quien es esa loca desquiciada con cara de estrés que te mira desde el espejo con las cejas sin depilar. Tu, que antes era difícil encontrarte en casa y ahora apenas te atreves a salir de ella porque con el terro es casi misión suicida. 

Tras una semana particularmente complicada, cuando ya tenías dudas de si volverías a atreverte a cruzar las fronteras de Mordor en lo que queda de mes, le echas el par de huevos que te queda por ahí guardado y te marchas a un nuevo grupo de crianza, que te pilla cerca y las chicas que lo llevan son la mar de majas. Y aunque vas sin intención ninguna más allá de no pasarte el día gritando "PF deja eso", cuando te toca presentarte empiezas a hablar.....

Recuerdas como durante el embarazo tenías la sensación de que ese ser que te habitaba dentro era más fuerte que tu. Y te das cuenta de que 16 meses después, efectivamente, siempre ha sido así. Es más fuerte, más excepcional, más energético... de lo que tu sabes manejar. Y aunque le admiras, le adoras, y sabes que tienes una suerte enorme de tenerle a tu lado... reconoces que te supera. Te supera mucho. Y lloras un mar de lágrimas reconociendo lo muchísimo que te duele tener la sensación de que no eres capaz de lidiar con un enano que no tiene ni año y medio. 

Ahi me di cuenta de lo que significa la palabra tribu. Que la tribu no son aquellas mujeres con las que cotilleas sobre el nuevo hospital de tu zona o destripas el último portabebés del mercado. Que eso de tener apoyo no significa solamente que te sujeten al bebé 5 minutos mientras te lavas los dientes. El sentido más enorme, más especial, más auténtico de la tribu son esas mujeres que te hacen llorar, te dejan soltarlo todo, te escuchan, y saben decirte, solo contando su experiencia, que te entienden. Y que no eres una mala madre, solo eres una persona. Y que podrás. 

Y gracias a ellas, a las cuales en su mayoría no habías visto en la vida, vuelves a casa con el alma un poco curada, la cabeza con menos ruido y la espalda un poco menos dolorida. Porque ellas te han dado apoyo, te han dado ánimos, te han dado un poco de vida. 

Empieza otra semana y sabes que esta será mejor, que vas a poder. Efectivamente, gritas menos, te desesperas menos, ves las cosas desde otro punto de vista. Te ríes más a carcajadas y dices menos "deja eso". Cuando te acuestas tras un buen día las recuerdas y les das las gracias, cuando fallas las recuerdas también y sabes que puedes con esto y más. Y es que esas mujeres que no conocías, en 2 horas de un viernes te curaron muchas heridas como solo una tribu sabe hacerlo. 

Tengo un miniterro. Me desespera, pero le quiero. 

lunes, 31 de agosto de 2015

Podrías ser tu



Cuando recuerdo mi año y medio en Cairo, entre todos los recuerdos bonitos y todos los duros, hay uno que estos días está mas presente que nunca. El miedo. El miedo a salir a la calle y no saber si me podían pillar disturbios, un tiroteo, una bomba. Recuerdo las noches en la cama, embarazada de pocas semanas, colapsando en la cama tras el estrés de todo el día, en duermevela pendiente de todo lo que sonara en la calle. Recuerdo que cada golpe sonaba a disparo. Recuerdo levantarme cuando teníamos pocas dudas de que eso era un tiro. 

Recuerdo también las llamadas a la embajada, la seguridad de que había alguien que (quizás, nunca estuvieron muy por la labor) nos podría sacar de allí si la situación empeoraba mucho. Recuerdo mirar por la ventana en dirección al aeropuerto, aliviada por saber que lo tenía a apenas 10 minutos de casa, y que si era necesario todo era tan fácil como ir, comprar unos billetes y marcharnos. A apenas 4 horas de distancia estaba Europa, la seguridad, ese sitio que no está al borde de una guerra. 

Para mi era relativamente fácil. Aunque bordeábamos la guerra, no estábamos en una. Mi pasaporte y nuestro ya legalizado matrimonio nos permitía tener un visado para Tarek en apenas unas horas, en España teníamos una familia y PF todavía estaba en un lugar seguro en el cual no se enteraba de mucho. Y pese a eso, no he pasado tanto miedo en toda mi vida. 

Los refugiados sirios no han surgido de la nada, ni están vagando por diferentes países desde antes de ayer. Cuando yo llegué a Egipto ya venían por oleadas. Recuerdo muchísimo a 2 compañeros de piso de un amigo español, ambos habían huído de Siria, dejando atrás familia, o mandándola a otros países, dejando carreras de éxito, casa... todo lo que tenían. Recuerdo un taxista que me contaba que huyó pero que iba a volver, imaginad lo harto que podía estar. Recuerdo la subida espectacular del precio de la vivienda, y como todo el mundo decía que eso se debía a que los caseros se aprovechaban de los refugiados para cobrarles un ojo de la cara por un piso que no lo vale. Ya por entonces se me encogía el corazón cuando pensaba en ellos.

Ahora no se me encoge el corazón, ahora me cabreo y lloro directamente. Porque yo no he sentido ni vivido un 10% de lo que han vivido ellos, pero si entiendo la desesperación que te hace dejarlo todo y marcharte. También entiendo el miedo por perder a tu familia. Entiendo lo que es llegar al supuesto lugar seguro y llevarte una decepción. Y repito, lo que vivimos nosotros no es nada comparado con su historia. Pero veo muchas similitudes y una sola diferencia: el pasaporte que traemos unos y otros. Mi pasaporte me permite plantarme en un aeropuerto, coger un avión, y que mi mayor disgusto sea pegarme con extranjería (la historia del NIE continúa, por cierto). El suyo en cambio les lleva a jugarse la vida, perder a su familia, caminar durante días, saltar vallas, cortarse las manos, ser detenidos y perseguidos... todo por un puto pasaporte.

Su vida vale igual que la nuestra. El amor por sus hijos es igual que el nuestro. Su desesperación, su miedo, sus ganas de pelear para tener un futuro no las podemos ni imaginar.

Nosotros, los fantásticos europeos que parece que estamos por encima del bien y del mal, que todo lo sabemos, que todo lo hacemos bien y que tenemos derecho a tener una opinión sobre todo, quedamos de nuevo como el culo, demostrando que no tenemos ni puta idea de lo que es la vida, que la humanidad la perdimos hace mucho y que sabemos hablar mucho, pero de actuar (bien) no tenemos ni puñetera idea.

Me decepciona, me duele y me indigna lo que veo por la tele todos los días. Podría haber sido yo. Podría haber sido Tarek. Podría ser su familia. Y que no se nos olvide, no somos nosotros porque tenemos la suerte de haber nacido en España. La vida da muchas vueltas, mañana podrías ser tu.

#welcomerefugees. #wearesorry. So, so, sorry. 

miércoles, 15 de julio de 2015

La puñetera manguera verde


El otro día, tras publicar ese post resúmen del último mes, andaba yo preocupada. Y es que Murphy últimamente solamente aparece por mi vida para cosas malas, pero no para darme alegrías y mucho menos para dejar anécdotas divertidas. Así que no tenía yo claro que mi apacible vida mordoriana me diera para contaros mucho, más allá de mis visitas a ver caballos y de los mosquitos tamaño helicóptero que sobrevuelan este pueblo.

Pues bien, Murphy, que es muy maja ella, decidió darse un paseo por mi vida. Solo le reprocharé que lo hizo de una forma un tanto poco original, y es que las anécdotas de Murphy y mi coche están ya muy vistas. Por si no lo sabéis, mi famoso C3 que tantos post ha protagonizado pasó a mejor vida cuando me mudé a Egipto. Actualmente tengo un coche de segunda mano la mar de apañado, al que quiero, adoro y al que prometí que cuidaría por encima de todas las cosas precisamente para que no acabara como su predecesor. Hasta ahora mi mayor drama con el coche había sido el rallajo que algún listo me hizo con una llave un día que fui a recoger un pedido de la tienda. Vamos, nada grave. 

El sábado por la tarde teníamos un planazo, y es que mi querida amiga Cris ha digievolucionado a bimadre, y yo ya estaba tardando en ir a conocer a su segunda hija. Pasamos una tarde estupenda entre baños, charlas sobre partos y lactancia, cenas compuestas por rollitos y arroces, y ajustes de su nueva mochila. El único problema de la excursión es que Cris y yo ahora vivimos a 85km de distancia, lo cual es un ratazo y una nada desdeñable cantidad de combustible. En mi caso, combustible diesel. Si, ese que se suele poner con una manguera de color negro. 

A la ida habíamos fichado una gasolinera low cost con un precio estupendo, y como aquí en Mordor el precio parece que lleva un recargo por la belleza de las vistas desde la gasolinera, decidimos aprovechar y llenar el depósito. Eran las 12:15 de la noche cuando paramos, Tarek conducía (se acaba de sacar el carnet español y le apetecía darse el gustazo), PF dormía en su silla y yo me moría de sed. Pues nada, Tarek saca gasolina y yo aprovecho y me voy a comprar una botella de agua. 1 euro por una botella de litro y medio bien fría, hasta en esto son low cost. 

Cuando vuelvo, Tarek me dice que PF se está despertando. Abro la puerta, PF abre un ojo, gira la cabeza y se vuelvo a dormir. Cierro la puerta, me giro, y por el rabillo del ojo observo una imagen que me chirría profundamente. En el depósito de mi coche diesel, en vez de la habitual manguera negra, hay una puñetera manguera verde. De gasolina 95. Me quiero morir. 

Miento, el que se quiere morir es Tarek, que no sabe donde meterse. "Pídeles una manguera que yo lo saco". Si claro, lo que me faltaba, yo llamo al seguro. 

Tras varios aspavientos y paseos al rededor del coche con el móvil (yo buscando el teléfono del seguro, Tarek mirando en internet como sacar la gasolina), llamo a la grúa, acompañada por el señor de la gasolinera que me anima a llenar el depósito de Diesel, que con la mezcla no pasa nada. Si se equivoca la reparación la voy a pagar yo, así que prefiero seguir por la vía de "llamar a la grúa". Que ahora vienen. PF entre tanto ya está más que despierto, así que le meto en la Boba Air para comprobar solamente que ya le queda pequeña. Esta noche estamos haciendo pleno.

El señor de la grúa diagnostica que lo más seguro es llevar el coche a un taller. Que si me lo deja directamente en la puerta. "Pues mira, es que me he mudado hace un mes y todavía no tengo taller por la zona". "Y donde vives?" "En Mordor". "Hasta ahí hay que ir?" Pues vamos llamando al taxi rapidito, que si no llegamos mañana.

Total, que el coche, el señor de la grúa y yo nos vamos hacer una ruta gruística hasta Mordor, mientras que Tarek y PF irán en el taxi. Al señor taxista no le hace ni puñetera gracia nuestra super silla a contra marcha porque "le va a dejar marcas en el asiento" y nos ofrece un mísero elevador para nuestro bebé de 11 kilos. Creo que la mirada de Tarek y mía fue suficiente como para que no insistiera, y se contentó con poner periódicos entre el asiento y la silla como si eso fuera el escudo del Capitán América. Creo que era la 1 de la mañana cuando emprendimos la marcha.

La ruta con el gruísta bien, arreglando el mundo. El coche finalmente queda aparcado en la puerta de mi casa, a la espera de que el lunes venga otra grúa a llevarlo al taller, cuando yo encuentre uno.

En eso me ayudó mi vecina, que es como las páginas amarillas del pueblo. Cuando les llamo efectivamente parecen gente maja y me dicen que lo lleve cuando quiera, o más bien cuando quiera la grúa. Mi madre viene a hacerse cargo de PF y a prestarme su coche para que yo pueda volver del taller.

Cuando llega la segunda grúa en 48 horas, volvemos con la ronda de preguntas. "Así que le pusiste gasolina? Cuanta?" "10 litros" "Bah, llénalo de Diesel y listo" "Me pagas tu la reparación si sale mal? Pues hala, tira para el taller". 

Abro el coche de mi madre, salta la alarma. Lo cierro, vuelvo a abrir, vuelve a saltar. Cierro, abro la puerta, no hay sirena pero el coche no arranca. Vuelvo a empezar desde el principio. Salimos. Aparco el coche delante del taller. No consigo sacar la llave. Vuelvo a arrancar, vuelvo a apagar, la llave no sale. Descubro que tiene truco. Salgo, dejo mis datos en el taller, que esta tarde me lo dan. Vuelvo al coche de mi madre, vuelve a saltar la alarma. Me dan ganas de enterrar mi carnet de conducir.

El concepto de tarde es amplio en Mordor. De hecho, el taller no tiene hora de cierre, se van cuando se aburren. Me entregaron el coche a las 9 y pico de la noche, después de pasarme 2 veces por allí (vale, realmente iba al super de al lado, pero ya que estoy....). Pago, me llevo el coche, me acerco a la gasolinera más cercana, espero a que la chica mas lenta del universo eche 20 euros en su coche (y coja guantes, y busque el bolso, y se mire en el espejo, y haga manitas con el novio.....) y por fin puedo dar la aventura por finalizada.

Ahora solo nos queda esperar que la próxima vez que Tarek eche gasolina no se le aparezca la manguera negra que le persigue hasta en sueños y recuerde que la verde, en su caso, si es su amiga. Cruzad los dedos. 

viernes, 10 de julio de 2015

La vida en rural


Nunca jamás en 4 años y medio de blog había tardado tanto en volver a escribir un post. Ni siquiera cuando me mudé a Egipto. Me duele, ese mes en blanco me duele lo que no está escrito, pero como ya no lo puedo cambiar, tendré que asumirlo. Un mes en blanco, no me lo puedo creer. 

En este mes hemos desecho cajas, muchas pero no todas. He encontrado la aspiradora, he reorganizado armarios, he tirado trastos (muchos menos de los que debería), he organizado el minialmacén de la tienda. Me he acostumbrado a ordenar y limpiar otra casa, que gracias a una mejor distribución, o simplemente porque el piso anterior era como el agujero del infierno, ahora tardo menos de la mitad en tener la casa el doble de limpia y ordenada. El tiempo que me sobra me encantaría invertirlo aquí, pero tengo un miniterro que aporrea cualquier teclado que esté a su alcance.

En este mes PF al fin se ha lanzado a caminar, y va cual guerrero del oeste borracho de una esquina a otra. También ha demostrado que sabe subir y bajar escaleras como si lo llevara haciendo toda la vida, para disgusto de sus padres que ya no saben que hacer para mantenerle lejos de ellas. Se dedica a perseguir a los perros en el jardín, ya que ellos han decidido que a no ser que haga mucho calor, su reino está en el exterior. Se pega baños en el minicharco del jardín, se quita los pañales en un arranque de exhibicionismo en el balcón y en general vive feliz comiendo nectarinas como si no hubiera mañana y enganchado a la teta cada vez que pilla la oportunidad.

Sr. Marido, además de zamparse una mudanza con todas las consecuencias, se ha hecho amo y señor del cuidado del jardín y lo riega con una regularidad inusitada en él. Si ya de paso lo mantuviera ordenado sería la leche. También ha tenido tiempo de sacarse el carnet de conducir, y de empezar a trabajar al fin en condiciones, aunque sea de forma temporal. Lo disfrutaremos mientras dure.

Blues y Jazz como digo, viven a caballo entre el jardín y las sombras de casa cuando el calor aprieta. Disfrutan de robar palos, de tumbarse al sol (si, yo tampoco me lo explico) y de mordisquearse mutuamente cuando les apetece trastear un poco. Ahora no corren por el pinar, si no por vias pecuarias. Vamos, que mal no se lo pasan.

Yo por mi parte he tenido tiempo de acabar, al fin, el curso de lactancia de la UNED. Hoy ha salido la nota final y puedo decir medio orgullosa que he terminado con un 9,5, aunque el curso no ha sido todo lo intenso que esperaba. He retomado poco a poco mis prácticas de porteo, e incluso he tenido tiempo de abrir la tienda. Os invito a echar un vistazo y contarme que os parece. También me he hecho amiga del frutero, del reparador de la caldera, de las chicas de correos, del señor que pasea un cocker por mi calle, y en breve seguramente del dueño de la librería. Cosas de pueblo pequeño.

También me estoy acostumbrando a pasar casi medio día sola en casa, con PF, los perros y SantaMadre que está convencida de que sin ella no sobreviviría (y razón no le falta). Mi vida de empresaria / madre en casa con un bebé está siendo bastante más absorbente de lo que pensaba, pero a la vez más apacible. PF y yo nos vamos acostumbrando a ser solo él y yo, con lo bueno y con lo malo. Cuando llega su padre no me quiere ni ver si no hay una teta o una tortita de maíz de por medio. No le culpo.

La vida en rural me está dando la calma, la distancia, la paz y la libertad que necesitaba en este momento. He pasado un año centrada en un montón de cosas, y ya me tocaba un respiro. Ahora me queda disfrutar de mi hijo, de mis perros, de mi casa y de mi marido cuando se deja. Pero la vida en rural, entre mosquitos inmortales, casas de piedra, caballos, vacas, viñedos y perales nos va a volver a traer muchas cosas que nos faltaban. Entre otras, inspiración y ganas para seguir escribiendo.

Desde Mordor, os echaba de menos. Bienvenidos a nuestro verano rural.