lunes, 31 de agosto de 2015

Podrías ser tu



Cuando recuerdo mi año y medio en Cairo, entre todos los recuerdos bonitos y todos los duros, hay uno que estos días está mas presente que nunca. El miedo. El miedo a salir a la calle y no saber si me podían pillar disturbios, un tiroteo, una bomba. Recuerdo las noches en la cama, embarazada de pocas semanas, colapsando en la cama tras el estrés de todo el día, en duermevela pendiente de todo lo que sonara en la calle. Recuerdo que cada golpe sonaba a disparo. Recuerdo levantarme cuando teníamos pocas dudas de que eso era un tiro. 

Recuerdo también las llamadas a la embajada, la seguridad de que había alguien que (quizás, nunca estuvieron muy por la labor) nos podría sacar de allí si la situación empeoraba mucho. Recuerdo mirar por la ventana en dirección al aeropuerto, aliviada por saber que lo tenía a apenas 10 minutos de casa, y que si era necesario todo era tan fácil como ir, comprar unos billetes y marcharnos. A apenas 4 horas de distancia estaba Europa, la seguridad, ese sitio que no está al borde de una guerra. 

Para mi era relativamente fácil. Aunque bordeábamos la guerra, no estábamos en una. Mi pasaporte y nuestro ya legalizado matrimonio nos permitía tener un visado para Tarek en apenas unas horas, en España teníamos una familia y PF todavía estaba en un lugar seguro en el cual no se enteraba de mucho. Y pese a eso, no he pasado tanto miedo en toda mi vida. 

Los refugiados sirios no han surgido de la nada, ni están vagando por diferentes países desde antes de ayer. Cuando yo llegué a Egipto ya venían por oleadas. Recuerdo muchísimo a 2 compañeros de piso de un amigo español, ambos habían huído de Siria, dejando atrás familia, o mandándola a otros países, dejando carreras de éxito, casa... todo lo que tenían. Recuerdo un taxista que me contaba que huyó pero que iba a volver, imaginad lo harto que podía estar. Recuerdo la subida espectacular del precio de la vivienda, y como todo el mundo decía que eso se debía a que los caseros se aprovechaban de los refugiados para cobrarles un ojo de la cara por un piso que no lo vale. Ya por entonces se me encogía el corazón cuando pensaba en ellos.

Ahora no se me encoge el corazón, ahora me cabreo y lloro directamente. Porque yo no he sentido ni vivido un 10% de lo que han vivido ellos, pero si entiendo la desesperación que te hace dejarlo todo y marcharte. También entiendo el miedo por perder a tu familia. Entiendo lo que es llegar al supuesto lugar seguro y llevarte una decepción. Y repito, lo que vivimos nosotros no es nada comparado con su historia. Pero veo muchas similitudes y una sola diferencia: el pasaporte que traemos unos y otros. Mi pasaporte me permite plantarme en un aeropuerto, coger un avión, y que mi mayor disgusto sea pegarme con extranjería (la historia del NIE continúa, por cierto). El suyo en cambio les lleva a jugarse la vida, perder a su familia, caminar durante días, saltar vallas, cortarse las manos, ser detenidos y perseguidos... todo por un puto pasaporte.

Su vida vale igual que la nuestra. El amor por sus hijos es igual que el nuestro. Su desesperación, su miedo, sus ganas de pelear para tener un futuro no las podemos ni imaginar.

Nosotros, los fantásticos europeos que parece que estamos por encima del bien y del mal, que todo lo sabemos, que todo lo hacemos bien y que tenemos derecho a tener una opinión sobre todo, quedamos de nuevo como el culo, demostrando que no tenemos ni puta idea de lo que es la vida, que la humanidad la perdimos hace mucho y que sabemos hablar mucho, pero de actuar (bien) no tenemos ni puñetera idea.

Me decepciona, me duele y me indigna lo que veo por la tele todos los días. Podría haber sido yo. Podría haber sido Tarek. Podría ser su familia. Y que no se nos olvide, no somos nosotros porque tenemos la suerte de haber nacido en España. La vida da muchas vueltas, mañana podrías ser tu.

#welcomerefugees. #wearesorry. So, so, sorry.