miércoles, 30 de septiembre de 2015

El terro y la tribu


En pleno subidón post parto pasé meses hablando en este blog  de lo encantada que estaba con PF, lo fácil que me lo ponía todo y lo feliz que me hacía. Y un día dejé de hacerlo. 
Por un lado, se que el tema os cansaba. Por otro, vino la mudanza y la apertura de Cool and Carry y no fue precisamente la época más relajada de mi vida. Y por otro, porque mi adorable y precioso bebé al que me podía llevar hasta a Suiza a dar una charla se ha convertido en un miniterrorista en potencia. 

Siendo sinceros, el 50% del tiempo es para descojonarse. Tiene cierta gracia verle escalar sobre el lavavajillas, comerse un billete de 10 euros, o perseguir a los perros como si no hubiera mañana. También es un cuadro ver sus caras de bicho, oír sus carcajadas por cualquier cosa, y flipar con su última ocurrencia. Aburrirnos no nos aburrimos. 

Pero PF es un niño exigente. No es un niño de alta demanda, ni mucho menos, pero es agotador. Se que queda precioso decir que el niño tiene una curiosidad innata y una perserverancia envidiable, pero eso traducido a la realidad necesita una madre con una capacidad física como para correr una maratón en las olimpiadas. 

Si con 8 meses pensaba que el mayor de mis horrores era tener que sacarle del cuenco del agua de los perros unas 10 veces al día, a día de hoy estoy curada de espanto. He visto a mi hijo sacar cuchillos del lavavajillas, tocar la batería con las ollas, colarse entre los barrotes de la escalera de caracol y subir hasta el ático, saltar del sofá por el respaldo cuando todavía no andaba, escalar escaleras de piedra, ponerse de puntillas sobre minisuperficies dignas de un equilibrista o meterse en la ducha vestido (juro que solo me giré a por un pañal). De las veces que ha aporreado mi teclado (bloqueo de contraseña incluído, a media hora de tener que hacer un pedido para más inri), sacado todo el contenido de mi cartera, jugado con los enchufes, etc. mejor no hablamos. 

Cualquier otra madre estará subiendo una ceja y pensando "coño, pues no le dejes, distráele con otra cosa". Los cojones. Si se empeña, se empeña, da igual lo que le saques, lo que le enseñes o a donde te lo lleves, que él volverá. Hasta que se canse. Una y otra vez. O hasta que lo quites de su alcance y llore a berrido limpio y tu te sientas como una mierda porque eres incapaz de manejar las cosas con más mano izquierda. 

Me encanta oírle reír a gritos, pero cuando esos gritos son de exigencia, de queja, de "lo quiero ya"... me desesperan... He pasado horas oyendo esos gritos de forma constante, por todo, sin pausa, subiendo el tono cada vez más al ritmo que mi paciencia baja... y al final he gritado yo. Y me he sentido como el culo. 

Me encanta portear y llevarle en brazos. Excepto cuando esos brazos se convierten de nuevo en exigencia porque no perdona no verte cocinar, con el peligro que eso conlleva. Excepto cuando quiero ir al baño. Excepto cuando llevo ya tantas horas a pulso que me duele todo, y algo dentro de mi se rebela pensando que su exigencia de que le coja no puede estar por encima de mi dolor de espalda. Y me cabreo, y le suelto, y llora, y yo me cabreo más. Y me siento como el culo de nuevo. 

A veces tengo, o necesito, hacer otras cosas. Pero el no quiere distraerse, o no quiere jugar, o no se quiere ir con su padre, o quiere teta. Ahora, ya, de pie, haciendo el pino, o apoyando sus 11 kilazos sobre mi pecho justo cuando estoy con anginas y me cuesta respirar. Y entonces empieza la temida agitación del amamantamiento y acabo quitándole hastiada diciendo que no me toque. El caso es que con 16 meses y medio ya se da cuenta que algo pasa. Y lo sufre. Y yo también, pero el rechazo en ese momento es más fuerte. Se que mi forma de combatirlo es calmarme y distraerme, pero no siempre puedo. 

Y todo esto, cuando tu marido pasa 12 horas al día fuera de casa y tu madre te ayuda en lo que puede pero te siguen faltando horas, se hace muy cuesta arriba. Hasta el punto en el que te agria el carácter, no te reconoces, y te preguntas quien es esa loca desquiciada con cara de estrés que te mira desde el espejo con las cejas sin depilar. Tu, que antes era difícil encontrarte en casa y ahora apenas te atreves a salir de ella porque con el terro es casi misión suicida. 

Tras una semana particularmente complicada, cuando ya tenías dudas de si volverías a atreverte a cruzar las fronteras de Mordor en lo que queda de mes, le echas el par de huevos que te queda por ahí guardado y te marchas a un nuevo grupo de crianza, que te pilla cerca y las chicas que lo llevan son la mar de majas. Y aunque vas sin intención ninguna más allá de no pasarte el día gritando "PF deja eso", cuando te toca presentarte empiezas a hablar.....

Recuerdas como durante el embarazo tenías la sensación de que ese ser que te habitaba dentro era más fuerte que tu. Y te das cuenta de que 16 meses después, efectivamente, siempre ha sido así. Es más fuerte, más excepcional, más energético... de lo que tu sabes manejar. Y aunque le admiras, le adoras, y sabes que tienes una suerte enorme de tenerle a tu lado... reconoces que te supera. Te supera mucho. Y lloras un mar de lágrimas reconociendo lo muchísimo que te duele tener la sensación de que no eres capaz de lidiar con un enano que no tiene ni año y medio. 

Ahi me di cuenta de lo que significa la palabra tribu. Que la tribu no son aquellas mujeres con las que cotilleas sobre el nuevo hospital de tu zona o destripas el último portabebés del mercado. Que eso de tener apoyo no significa solamente que te sujeten al bebé 5 minutos mientras te lavas los dientes. El sentido más enorme, más especial, más auténtico de la tribu son esas mujeres que te hacen llorar, te dejan soltarlo todo, te escuchan, y saben decirte, solo contando su experiencia, que te entienden. Y que no eres una mala madre, solo eres una persona. Y que podrás. 

Y gracias a ellas, a las cuales en su mayoría no habías visto en la vida, vuelves a casa con el alma un poco curada, la cabeza con menos ruido y la espalda un poco menos dolorida. Porque ellas te han dado apoyo, te han dado ánimos, te han dado un poco de vida. 

Empieza otra semana y sabes que esta será mejor, que vas a poder. Efectivamente, gritas menos, te desesperas menos, ves las cosas desde otro punto de vista. Te ríes más a carcajadas y dices menos "deja eso". Cuando te acuestas tras un buen día las recuerdas y les das las gracias, cuando fallas las recuerdas también y sabes que puedes con esto y más. Y es que esas mujeres que no conocías, en 2 horas de un viernes te curaron muchas heridas como solo una tribu sabe hacerlo. 

Tengo un miniterro. Me desespera, pero le quiero.