domingo, 22 de enero de 2017

El terro y la niña Zen



Hace un par de años dediqué la primera entrada del año a mi por entonces novio y actual marido. Este año, creo que la primera entrada tiene que ser para ellos. 

El terro.... Mientras se abría el navegador, pensaba yo en qué se había convertido el terro desde la última vez que os hablé de él. Mi conclusión es que no se ha convertido en nada, el terro simplemente ES. Con 2 años y medio sigue siendo ÉL con toda su esencia: intenso, imparable, cabezota, inteligente, divertido, cariñoso, inocente, curioso y amoroso. Vivir con él significa vivir en un constante nivel de intensidad que te hace pasar del cabreo a la risa, de la desesperación a la ternura, del aburrimiento al "por dios estate quieto 5 minutos", del "mira que listo mi niño" al "por dios, será posible que no tengas una sola idea buena?"

El año pasado fue duro para él. Hemos pasado 9 meses en Mordor, ese bonito sitio en el que no hay mucho que hacer, yo con mis nauseas y mis ciáticas y mis bajadas de azúcar y mi actividad nivel "solo quiero sobrevivir hasta que llegue Tarek a casa". El, aburrido y distrayéndose como podía. No me siento orgullosa, la verdad. Pero si me siento orgullosa de su capacidad de adaptación, que ha sido una maravilla desde que nació. También me siento orgullosa de su enorme capacidad de querer a todo el mundo, en particular a su hermana. Su hermana es su pasión y no hay disgusto que no se le pase estando con ella.

Mi niña zen en cambio parece que nació avisada, que para sobrevivir con filosofía a la altísima intensidad de su hermano, lo mejor es tomarse las cosas con calma. Mucho tengo que aprender yo de semejante miniatura de 3 meses, que casi nunca protesta por nada y solo reparte sonrisas por doquier. 
Ella es el balance perfecto entre la enorme tranquilidad que proyecta y transmite (cogerla en brazos tiene un extraño efecto valium) y la exigencia clara pero calmada de sus necesidades. Eso si... osa ignorarla demasiado y sabrás lo que es una protesta en condiciones. Estoy orgullosa de que mi hija, tan pequeña, ya sepa como exigir su lugar cuando abusamos de su paciencia.

El terro fue un bebé que se me escurría entre los dedos, parecía nacido para infundir confianza a una madre primeriza con muchos problemas y mucho estrés. Grande, fuerte, creciendo por momentos, sano como una manzana, creo que jamás nos ha dado apenas quebraderos de cabeza. La niña zen en cambio es mi bebé casi eterno, la que crece despacio y me deja besarla, disfrutarla, achucharla y abrazarla hasta el infinito. El terro quería ver el mundo, la niña zen también, pero desde el portabebés de su madre, para que yo disfrute. Ella ha tenido la mala suerte de nacer en otoño y de tener un hermano mayor que va a la guarde, pero a cambio tiene unos padres con un poquito más de experiencia y paciencia de lo que tuvo su hermano. Hay que verle lo positivo a todo, y no me cabe duda de que si ella fuera más mayor también lo haría.

Mis 2 hijos, tan parecidos en apariencia y tan distintos entre si. A los que se les quiere tanto, tanto, tanto, de manera tan diferente pero con la misma intensidad. 

Que curioso es esto de la bimaternidad.